Juan dejó de fumar hace tres días. Por momentos se arrepiente y hace el amague de aceptar un pucho cuando su compañero de encierro -que no dice su nombre- se lo ofrece. Pero retira rápido la mano. Está tenso por varias razones: de 16 atados entre jueves y domingo bajó a cero. Además, su mamá se demora con el televisor que le autorizaron a traer. La radio aturde y la voz del relator crispa los nervios. Ya gritó dos goles y padeció otro a ciegas. En el intervalo aparece el tan ansiado aparato. Con un par de frazadas sobre un tacho azul y un plástico transparente por encima, tratan de protegerlo de la garúa. Empieza el segundo tiempo y las oscuras ventanas enrejadas de las dos celdas se convierten en la platea desde la cual Juan y los otros nueve detenidos alientan a la Selección.

Es un alivio para los policías: el sonido de las máquinas de escribir tapa el zumbido insoportable de las vuvuzelas que emana del televisor en blanco y negro del hall central de la seccional 6 (está en España al 1.700 y la jurisdicción incluye barrios como "La Bombilla", "El Sifón" y "Trulalá"). Pero los detenidos no están tan contentos. El comisario Miguel Alanís, jefe de la seccional, les había puesto un televisor frente a los calabozos, pero el plástico que lo protegía de la lluvia se corrió y el aparato dejó de funcionar. Rápido, Juan pide autorización para que su mamá traiga otra TV. Alanís accede. Mientras, hay que resignarse a la radio.

Corre el primer tiempo y del fondo del pasillo llega un grito: "¡gooool!". En la televisión que miran los policías se ve la pelota que vuela hacia el área coreana. Los músculos se ponen tensos y cuando la imagen muestra que Jabulani choca con la red, hay alegría, pero no sorpresa; la radio que está en la celda fue más rápida que la imagen y se robó la adrenalina del primer gol argentino.

En el fondo del edificio, Juan y los otros detenidos (todos están procesados) ordenan sus calabozos y soportan al relator. Adelante, el cabo Walter Albarracín es el más afortunado: mientras algunos de sus compañeros patrullan las calles de "La Bombilla" y el resto va de un lado a otro de la dependencia, él es el encargado de atender el teléfono y la radio ¿Lo bueno? Tiene el televisor al frente.

"Estoy hace dos meses y, si Dios quiere, el mes que viene me voy", comenta Juan como al pasar mientras mira el segundo tiempo en la pantalla a colores que está del otro lado de la reja. Lo acusan por un robo, pero ahora piensa en otra cosa: "seguro que salimos campeones. Vimos el partido de Brasil y no tienen para ganarle a Argentina", afirma. "Hay que pasar la línea de cuatro de los coreanos y ya está", sentencia Ignacio, otro detenido.

Las calle España está desierta. De a ratos aparece alguien que se demora frente a la TV de los policías: la madre de algún detenido que trae un termo con café y tortillas, dos basureros con rastros de cansancio en los ojos, una mujer que necesita tramitar un certificado de supervivencia. El teléfono suena, la radio hace ruido. Cada vez que el relator levanta la voz, aparecen policías de todos los rincones a apreciar la repetición de la jugada. En el fondo, Juan mira la pantalla y sigue rechazando los cigarrillos que los otros detenidos le ofrecen. Tiene fe: quizás dejará de fumar definitivamente y Argentina saldrá campeón.